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De.sol.acción

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  • Sara busca a Sara.

    Esta acción telecompartida hace referencia a una de las relaciones que existe entre memoria e identidad. De una manera evocadora, esta obra trata los recuerdos personales; los que se comparten y transfieren a quienes nos rodean.

    Así, esta pieza nos plantea la existencia del individuo en su contexto y su situación de pertenencia en cuanto quienes lo rodean también pueden dar constancia de que los recuerdos que el sujeto se adjudica, así como sus méritos, son efectivamente ciertos.

    Bajo el tema “Migraciones para un sueño”, esta pieza nos llama a reflexionar acerca de lo que se “pierde” de una persona cuando emigra y de cómo, a través de la memoria, este se busca a sí mismo en medio de un anonimato, por veces, impotente.

    Esta acción telecompartida podría considerarse una acción- instalación donde la artista, Sara Malinarich, se encuentra telepresente “dentro” del monitor de un ordenador que está, a su vez, “sentado” en una mecedora. Detrás de la mecedora, hay una proyección donde se visualiza un vídeo realizado por Vicente Pastor y Ernesto García que está siendo enviado de manera simultánea vía Internet a través de un sistema de videoconferencia. Dicho vídeo es una secuencia que nos muestra un recorrido realizado en un día de la vida y que sirve de contexto para articular los recuerdos e interrogantes que Sara le manifiesta a las cosas y personas que aparecen en el video.

    Sara se busca a sí misma en el otro, en el recorrido de sus compañeros de acción. La artista -también una emigrante en España- se busca a sí misma por las veces en que no pudo estar segura de su pasado; el que se haya inexistentes en la memoria de quienes la rodean actualmente. Sara busca, alienada, a Sara como si se tratara de otra persona.

     

     

     

    DE·SOL·ACCIÓN
    Texto declamado por Sara Malinarich
    durante la acción (Cuenca)

    ¡Saraaaaaaaa!
    ¿Dónde estás?
    La perdí cuando nos pusieron en fila… en una de estas colas.

    Ella imaginaba otro destino. Que seguía a una bandada.
    Era morena y petiza. Su padre la abandonó antes de nacer, entonces ella se negó a crecer hasta que él volviera a visitarla.
    El doctor le dijo a su madre que Sara tenía el tamaño de una niña de doce años.

    ¿No te acuerdas?
    ¿Qué puso sus pies en tu suelo y un trozo de ti le sangró el talón? ¡Sara!… ¡La chica que calzaba treinta y cinco y que a menudo dejaba sus zapatos atrás para sentirte, para avanzar!
    Nos reíamos de sus pies de niña, pero ella estaba orgullosa de ellos y creía que en Japón ella sería la más hermosa a causa de sus pies pequeños.

    ¿No has visto a Sara?
    Le brillaba el sol en el pelo. Lo tenía negro.
    ¿Recuerdas que nació crespa?
    Un día, su madre se lo cortó a causa de los piojos y a partir de ese día le creció el pelo liso.
    ¿Recuerdas que entonces su madre se metió a peluquera para cortarle ella misma el cabello a Sara? La idea era que algún día su hija recuperara el pelo rizado. Así, cuando su padre volviera, convertido en un pato, la reconocería en seguida.

    ¿Y tú? ¿No te acuerdas de ella?
    Me contó que bajo un cielo como el tuyo volvió a rizársele el pelo a los trece años.

    ¡Saraaaaaaaa!
    Con este tiempo no veo…
    Me preguntaba si acaso tú sabrías de ella. Una vez, pasó por aquí, se reía mucho, se detuvo junto a ti y no sé…Díme tú si tenía los ojos claros. Hace mucho que no la veo y el sol hacía que cambiara el color de sus ojos.

    ¡Cómo le gustaba reírse!
    Su abuela le decía Carola-la caracola y es que el nombre de Sara sólo lo supo de ella cuando aprendió a leer.

    ¿Te acuerdas en el colegio?
    Pasaba más tiempo en el suelo, recogiendo sus materiales que prestando atención. Su profesora la nombró tantas veces por su primer y verdadero nombre que poco a poco fue dejando atrás su otro nombre. Y guardó en un espacio tan secreto como una caracola ese tiempo en que compartía con su abuela y en que se llamaba Carola.

    Entonces, algo cambió… Se dio cuenta de que era pequeña como su recién estrenado nombre y por primera vez la pusieron en fila. ¡Además de las primeras! Pero ella prefería formarse al final con sus amigas altas como jilgueros puesto que, en el fondo, ella pensaba que su interior tenía el tamaño de su sombra al atardecer.

    Por Sara Malinarich

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