El desbordamiento de la telepresencia

El desbordamiento de la telepresencia

Sara Malinarich, 2013

“Somos los terminales nerviosos de la retina colectiva” (José Val del Omar).

Cada máquina conectada a la red, cada estación o terminal es un nodo; cliente y servidor: Huésped*.

El desbordamiento de la telepresencia está encaminado a la inmersión en la escena tecnológica. Esta escena tiene características especiales; no es una sola escena sino múltiples escenas interconectadas, llenas de actuaciones simultáneas que conforman los planos y dimensiones donde habita el sujeto tecnológico.

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En este sentido, la telepresencia mueve todos los ejes del espacio. La interconexión de esos lugares tiende los puentes entre un espacio y otro, estresando la percepción. Los puentes tecnológicos dejan transitar a los habitantes de otros espacios, desbordando al sujeto.

Mediante los sistemas de telecomunicación expandidos, podemos estar simultáneamente en distintos lugares y a distintas velocidades. En este punto, el individuo proyecta su cuerpo más allá del espacio local y comienza su hibridación: La dialéctica permanente entre los contrapuntos de la ubicuidad y el mundo físico que le contiene.

Una vez que se han establecido las conexiones entre los nodos (la red) y se han reinterpretado los mensajes digitales entre un terminal y otro, restan dos cosas: Reconfigurar el espacio local a partir de las dimensiones huéspedes y proyectarlo hacia los otros terminales (remotos).

Sin embargo, el fenómeno a tener en cuenta aquí “no es el simple ente o su modo de hacerse presente, sino la llegada a la presencia; una llegada siempre nueva, sea cual fuere al dispositivo histórico en que aparece lo dado” (Reiner Schürmann, Le principe d’anarchie). Así se define el ektase ontológico del ser humano, su copertenencia a cada situación vivida.

El fuego de un mechero es capaz de encender en otra ciudad una cerilla que prende fuego a un cuerpo proyectado. Se trata de la imagen del mismo sujeto que encendió el mechero. De otro modo, un soplido aquí, mueve un molino a miles de kilómetros. En este punto la imaginación se dispara y las nuevas relaciones pueden ser tan absurdas y disparatadas como poéticas o literales.

“No hay que iluminar a los hombres; hay que, emotivamente, prenderles fuego a los hombres” (José Val del Omar).

A través de sensores de captura o reprogramaciones informáticas del vídeo en tiempo real, un soplido, el calor o cualquier otro acto/accidente físico se convierte en un mensaje de naturaleza digital, que viaja por el ciberespacio y se reconstruye en otro acto/accidente en otros espacios.

En estas reinterpretaciones de acciones y reacciones, causas y efectos en la red, pivota la realidad. Es importante que los medios tecnológicos sean capaces de conectar además con el subconsciente, de sugestionar colectivamente y conmocionar. Para esto, se hace necesario desquiciar el espacio, dotarlo de características móviles, de capas que redimensionen al ser planetario; no es el sujeto tecnológico el que se mueve, sino el espacio trasformado en vehículo de sus viajes telemáticos.

Las múltiples dimensiones y configuraciones que contienen y son contenidas por la red abren la puerta a nuevas experiencias sensibles y por tanto a una redefinición de la presencia en relación al espacio. La presencia deja de ser un atributo en sí. “Lo que hay que aproximar no es la evolución de la presencia en su recorrido hacia la estabilidad final, sino las diferentes maneras en que esta se da, las diferentes economías de la presencia” (Tiqqun, Contribución a la guerra en curso).

La telepresencia debe ir más allá de la inmaterialidad de la visión y la audición como resultado de la comunicación a distancia. Es fundamental inventar dispositivos capaces de reproducir cuerpos o manifestaciones palpables en los espacios remotos, capaces de modificar el paisaje en todas las direcciones: Una nueva forma de comunicación táctil que pueda replicar acciones, crear cuerpos y sustancias a través de “mensajes” que viajan y llegan por medio de la red de Internet, en cuyo código está la genética de la nueva especie.

(*) Huésped, etimología del término (del latín hospes), que contemplaba ambos significados (el que alberga y el que es albergado).

 

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